
Manuel salió de su casa como todas las mañana, muy temprano, y no para trabajar -ya que durante muchos años vivió para ello-, sino para pasear por junto al mar que abrazaba su ciudad. Al lado de un kiosco encontró el cuerpo de una chica joven semidesnuda, y con un rostro de no haber pasado una buena noche. Cuando se acercaba para averiguar qué le pasaba, se dio cuenta que la joven no se movía ni reaccionada a las llamadas que le hacía Manuel.
Empezó a sentir un sudor frío y no sabía que hacer. Buscaba en sus bolsillos un teléfono móvil para poder llamar a la policía, pero eran tal los nervios que tenía que no podía encontrarlo. Una vez cogido, sus dedos no tenían el suficiente tino como para marcar el número de emergencias, aunque después de varios intentos, Manuel, consiguió pulsar la tres cifras mágicas con las que él creía que podría servir para ayudar la chica.
-Por favor, vegan a la calle de Los Girasoles rápidamente. Delante mía hay una joven chica tirada cerca del jardín. Creo que está muerta-, afrimó a la operadora que recibió la llamada.
-No se mueva, ya va una patrulla para el lugar- salíó una voz del aricular del teléfono de Manuel.
Con mirada fijada en el rostro, observó un charco de un líquido espeso y viscoso que se le mezclaba con el pelo que estaba pegado al sueño. Estaba claro que era sangre, y cuando Manuel se dio cuenta de ello, el celular cayó sobre el asfalto y se rompió en varios pedazos.
De fondo, y con las luces del amanecer sin estar a total plenitud, empieza a oír las sirenas de los vehículos policiales, que sin despegar la mirada de la cara de la joven, no se percató la presencia de los agentes, hasta que uno de ellos le preguntó si se encontraba bien.
-Creo que está muerta- afirmó Manuel. Uno de los agentes le ayuda a sentarse en un pequeño escalón que había pegando al kiosco. Con las dos manos le coge la cara el policía y le mira fijamente, mirada al que el hombre no puede seguir ya que rompe a llorar.
-No se preocupe, cuénteme que ha visto y cómo se ha dado cuenta- le dice.
Las palabras no le salían, y sus propias lágrimas le empezó a mojar una cara que denotaba cierto temor por lo que había visto.
Los coches de seguridad llegaban a la zona, ambulancias y UVI móvil, y todo para intentar reanimarla. Dos médicos, otros tantos técnicos sanitarios junto con varios agentes habían rodeado el cuerpo, y con la primera mirada se dieron cuenta que estaba muerta. Continuará.